Editorial 16/5

Hace seis meses la guerra integral o de cuarta dimensión se cobraba el gobierno de Evo Morales. Una larga campaña de desgaste político, acciones terroristas, sabotajes y operaciones políticas terminaba con un gobierno que conservaba una amplia base de apoyo, el 50% o más del electorado y una perfomance económica global impecable, que había merecido felicitaciones del Banco Mundial y el FMI. Nada de eso alcanzó. Las conclusiones sobre el porque del Golpe de Estado son parte del proceso de lucha por la conquista de la libertad y la democracia para el pueblo boliviano y son ellos los que mejor pueden hacerlo, pero algo podemos pensar nosotros sobre el lugar que el Imperio de los EEUU otorga a la soberanía popular y la libertad de prensa. Con respeto hacia Evo, el Más, los movimientos populares y toda la militancia. Pocas cosas son tan ofensivas que asumir el rol de Jueces de revoluciones ajenas, lugar que tanto práctica una parte de la izquierda y la intelectualidad. Lejos de eso nos comprometimos sin límite en la solidaridad con las y los perseguidos por razones políticas. Sea cuál sea su papel o responsabilidad en el proceso que terminó en el golpe de Estado. Dicho esto, el triunfo del Golpe de Estado debiera terminar con dos ilusiones recurrentes en el movimiento popular latinoamericano, una es creer que la Oea, los EEUU y las derechas respetan la democracia formal, los procesos electorales y las mayorías populares. Para nada, las circunstancias y el contexto regional los llevaron a soportar la derrota del proyecto Alca y la emergencia de gobiernos populares y espacios de integración como el Mercosur o el frustrado Banco del Sur. Fue por necesidad y no por convicción y conviene registrar que rápidamente intentaron voltear a Chávez, a Correa y al propio Evo. La ilusión en el carácter sagrado de la democracia formal, representativa y en verdad minimalista y delegativa llevo a invertir la relación entre poder popular y fuerza electoral. A destinar más fuerza al aparato de administración estatal que a la organización popular, la formación politica, la lucha cultural y la auto fortaleza militar para que el Ejército dejara de ser la única fuerza armada en el país. Cómo ha hecho Venezuela con su milicia popular y sus dos millones de integrantes que han llevado la democracia al territorio de la fuerza. La segunda ilusión es sobre la libertad de prensa que nunca fue en Bolivia, como en Argentina, otra cosa que la libertad de empresa al servicio del Poder Colonial y el Imperio. Evo perdió el plebiscito sobre la reelección por una mentira de los medios de comunicación pero la Revolución plurinacional nunca se hizo de un sistema propio de información, formación y disputa integral con las derechas. Así las cosas, los diarios y la televisión hicieron creer a millones de bolivianos cuya vida real había mejorado por los gobiernos de Evo que era Evo el problema. Les hicieron creer que las vacas vuelan porque un proceso popular no solo tiene que distribuir bienes y garantizar derechos también tiene que brindar todas las herramientas para que el pueblo pueda súperar las trampas mediáticas y las mentiras descaradas. Sin poder popular, con las armas en manos de unos pocos que se venden al mejor postor y la verdad asesinada cotidianamente la supervivencia de Evo o de cualquier gobierno popular es un mérito de los que luchamos cotidianamente pero un punto débil para la furia de un imperio que en su decadencia histórica es más cruel, autoritario y asesino que nunca. Salvemos la vida, organicemos el poder del pueblo.

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